
Se cumplen 40 años desde el retorno a la democracia, la alternancia a través del voto es la norma, y eso es un motivo para celebrar.
Sin embargo, la celebración queda otra vez empañada por la irresponsabilidad del gobierno que se fue, de forzar el corto plazo hasta niveles grotescos de vaciamiento del BCRA, buscando entrar a un ballotage contra un candidato que abiertamente recomendaba huir del peso.
“Jamás, jamás en pesos, el peso es excremento”, fue la respuesta que el entonces candidato Javier Milei dio días antes de la elección del 22 de octubre, frente a la pregunta “¿qué le recomendaría a alguien que tenga que renovar un plazo fijo?”.
Como suele ocurrir, la estrategia de competir contra “el miedo” en mitad de una escalada en la inflación y/o brusca recesión, volvió a fallar, con costos altísimos para los argentinos. Le pasó a Angeloz en el 89, cuando la estrategia del Radicalismo fue competir contra el Menem de “la revolución productiva y el salariazo” y no contra el Cafiero del peronismo renovador.
Para esto, se adelantó la elección de diciembre a mayo con un balance del Banco Central quebrado, buscando anclar la inflación y el dólar con el Plan Primavera, que chocó cuando Menem subió en las encuestas y la corrida contra el Austral derivó en una hiperinflación en medio de la cual se perdió la elección y se tuvo que anticipar la transición.
Y también le pasó a Macri en el 2019, cuando la estrategia de competir contra Cristina con la cuenta capital abierta y un programa extremadamente rígido con el FMI, viró en la fórmula Fernandez-Fernandez que aglutinó detrás el peronismo, y se terminó convirtiendo en un boomerang que coordinó la corrida contra el peso después del rotundo resultado de las PASO de agosto.
Esta vez, el cepo funcionó como amortiguador, y el grosero deterioro del balance del BCRA (faltan muchos dólares y sobran muchos pesos que crean pesos en forma endógena) que recibe como herencia Javier Milei no terminó de implosionar.
Pero esto se dio a costa de una tasa de inflación que creció en noviembre a un ritmo del 13,4% según nuestro relevamiento de precios minorista, de una brecha cambiaria que se sostiene en el 170% con un dólar oficial que se mantuvo casi anclado desde agosto pasado con un dólar blend a los exportadores mucho más alto que abasteció la oferta del “contado con liquidación” pero prácticamente cortó los pagos a importadores que acumulan una enorme deuda comercial.
Y también de una grosera distorsión de precios relativos: bienes ridículamente caros, tarifas ridículamente baratas y salarios y jubilaciones que se vienen pulverizando contra la inflación desde que arrancó la crisis en 2018.
Detrás, deja un sistema de precios quebrado en una economía donde los pesos queman en el bolsillo y sostienen la demanda frente a un claro problema de oferta producto de la escasez de dólares que inevitablemente coordina la represión financiera y la brecha.
Como suele ocurrir, el teorema de Baglini que sostiene que “la irresponsabilidad en las propuestas de política es inversamente proporcional a la distancia al gobierno” vuelve a operar, y las propuestas de campaña de cerrar el BCRA y/o avanzar a una dolarización sin dólares en un país con un riesgo país de 2.000 puntos básicos se corren de la escena.
También las de bajar agresivamente la tasa de interés que remunera los pesos y abrir el cepo, esperando que el mercado equilibre después de una mega licuación y la inflación baje.
Todo indica que se va a avanzar en un esquema de “shock controlado” que corrija en el arranque la dispersión de precios relativos (dólar, tarifas y otros precios rezagados) manteniendo los controles de capitales y licúe parte del excedente de pesos sin reaccionar con la tasa de interés de pesos frente al salto inflacionario, evitando una reestructuración de la deuda de pesos del Tesoro.
Cómo se calibra el programa, es decir: cuál es el salto cambiario, cuál el programa fiscal de corto plazo ¿impuesto país, retenciones? y como se desarma el blend (hasta el viernes pasado en 50% al oficial y 50% al financiero), son las preguntas de arranque.
Con un dólar de $600/650 como el que dejó trascender el flamante ministro del Interior antes de conocerse las medidas anunciadas por el ministro Caputo, se corre el serio riesgo de tener que indexar con un crawling peg el dólar, limitando la baja en la inflación posterior al salto inicial. Al final de cuentas, en el corto plazo el ancla va a ser cambiaria.
En algún momento (más temprano que tarde), se deberá mutar a un programa monetario que incluya un programa fiscal (que no esté sólo basado en impuestos extraordinarios en un nuevo blanqueo y/o en una megalicuación de las jubilaciones exagerada que no se sostiene si no se cambia la indexación) y un programa financiero (que no puede estar basado sólo en recircular hacia el tesoro los pesos acorralados sin perpetuar el perverso status quo del cepo).
El esquema de reformas que apuntale la competitividad sistémica y la consolidación fiscal y, el esquema de gobernabilidad detrás, son las dos patas que hacen falta para que el programa funcione. Frente a los desatinos de la herencia, el esquema que se plantearía luce mucho más sensato que el discurso de campaña.
Sin embargo, cómo se coordinen las tres patas del triángulo -la estabilización, las reformas y la gobernabilidad-, no es trivial. Demasiado temprano para hacer un pronóstico.
Por el bien de todos, ojalá haya menos fricciones de las que aparecen a la vista entre un gabinete en extremo corporativo, una licuación de los ingresos peligrosa y la necesaria agenda de reformas.
Marina Dal Poggetto es economista, Directora de Eco Go





