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Éramos tan felices sin árbitros… :: Olé


El fútbol nació simple. Como un juego de caballeros. Y a pesar de que las primeras reglas de la Football Asociation inglesa se escribieron en la nocturnidad de una taberna londinense allá por 1863, ni ebrios ni dormidos aquellos pioneros pensaron en arbitrar partidos. Los fallos se resolvían en la cancha entre líderes o referentes por consenso puro.

Cuando, con los años, los encuentros ‘amistosos’ dejaron de serlo y se transformaron en competencias formales, cada equipo sumó a un umpire, que a su vez, si entre los dos no se ponían de acuerdo por algún tole tole o rústica discusión deportiva, ‘referían’ a un tercer hombre que -desde afuera- observaba las cosas pero que luego -con el paso del tiempo- bajaría al verde césped -o al barrial de turno- al empezar a profesionalizarse la cosa. Es decir, cuando los clubes y sus players comenzaron a medirse con platita de por medio.

La idea de ese 23° protagonista plenipotenciario aplicó en la Youdan Cup de la siempre pionera Sheffield en 1867; fue adoptada desde la primera FA Cup en 1871; y, en 1891, por la International Board se hizo universal. De hecho, el torneo oficial liguero y bautismal que esa misma temporada se desarrolló en Argentina contó con esa modalidad a partir de apellidos como Watson Hutton, gran impulsor del fútbol por estas tierras, y de un tal Wilson, que dirigió la final ‘por la medalla’ entre Saint Andrew’s y Old Caledonians. No hacía falta que fuesen grandes conocedores de las rules ni de los sports: bastaba que tuviesen aceptación a partir de su status social. “Eran personas respetadas, avaladas por la comunidad británica. A nadie se le hubiese ocurrido nunca, por ese entonces, trompear a un árbitro. Lo que decidía, no se discutía…”, le graficó a Olé el investigador Pablo Kersevan, responsable de la cuenta Pies de Calumín, joyita del Amateurismo nacional.

Todo cambió, claro. Algo huele mal en Dinamarca. Tal vez sea el vaho de los gatos encerrados que caminan por las cornisas argentas. O tal vez las hormigas traviesas que busca el VAR. Hmm. ¿Qué habremos pisado, no? Porque las pantallas iluminan faltan invisibles; los silbatos callan verdades; y las planchas ya no planchan como antes. En tiempos de ñaupa, entre gentlemen decidían qué cobrar por el bien del juego. Hoy, se los invita a “farmear aura” delante de una audiencia televisiva…

Todo cambió, claro. Y todo seguirá cambiando. Un viejo referente como Saúl Laverni por ejemplo, aunque haya pasado por las canchas vestido de negro con más penas que gloria, se permite augurar que el Video Assistant Referee -de acá a diez años nomás- se llevará puestos a los jueces de línea. Y que el árbitro principal, ya con una cámara sobre la oreja, un micrófono para hablar con el estadio, sus auriculares con intercomunidor y hasta con un spray, va camino a convertirse “en Terminator…”.

Pensar que el fútbol nació simple y bien distinto a su hermano el rugby. Éramos tan felices sin pitos, sin banderitas y sin tecnócratas de segundaNo lo compliquemos más, por favor. Los parates forzados, se sabe, no aleccionan: son pour la galerie. Congelar árbitros en el freezer popular es un simple parche para la gilada. Y más que un freezer, en realidad, el ostracismo de los jueces parece ser la punta de un amarronado iceberg que no quiere derretirse.

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